Querida Madre
María de los Angeles Corral

Madre, soy yo, tu mocosa que con ojos desorbitados se pegaba a tus faldas.
Temía vivir fuera de tu sombra.
Madre, hoy apenas te veo, por ahí el fin de semana echamos la platicada.
En esas cansadas tardes tus ojos me miran como dos velas,
unas llamas temblorosas que amenazan apagarse.
Y por más que lo intento, no puedo evitar sentir que te estás evadiendo.
Lavas los trastos en silencio y siento que por dentro corren ríos, arroyos que te transportan a otro pesar, esos ríos son inagotables, de llanto que llevas dentro.
Tu cabeza inclinada, como perdonando al destino,
Madre, hace que tu cabello oculte las líneas resignadas de tu cara...
Tienes 12 años, Madre, y estás en el arroyo, hincada.
Rodillas pelonas, frente a una piedra, tu lavadero.
Es invierno y la sangre de tus manos ha parado de fluir.
El jabón no hierve, es que el agua se ha convertido en cuchillitas deslizándose por tus dedos.
¡Qué frío hace!
¡El lodo que no sale de la mezclilla!
Los nudillos de las manos se han enrojecido...
Está a punto de brotar la sangre.

Tantos trastos,
Tantos trapos,
Tantos baldes que acarrear,
Tanto trabajo...
No hay tiempo de ir a la escuela.
Puros frijoles,
Me siento muy desfuerzada,
Ir al molino,
Ya vienen los peones,
Falta la sala grande...

Madre mía, ¿a qué otra realidad te transportas?
Tus ojos tristes se ven ausentes.
Eres tú quien se esconde en tu sombra.